El efecto Dallas


Leo en la prensa incompetente que Dallas regresó esta pasada noche a la televisión en España apenas cuatro días después de hacerlo arrasando en Estados Unidos. Por lo visto no se trata de un remake, sino de tramas nuevas acordes con el tiempo actual donde vivirán los mismos personajes de antaño. En un saludable ejercicio de paja mental he elaborado una disposición general adaptando esta ocurrencia yanqui a la serie española más mítica que ha existido y existirá. Y lo dejo gratis, lo regalo, para que lo recoja un guionista y haga otras 13 temporadas de Cuéntame Cómo Pasó.

En el año 2012 Antonio Alcántara y Mercedes Fernández son dos ancianos que disfrutan gratamente de una jubilación ganada a base de esfuerzo y de trabajo. Los socialistas les bajan las pensiones y eso a Antonio le ronca la mandarina, pero no va más allá de cagarse en la hospitalera. Aprendiendo del error que cometieron metiendo todo el dinero en el Banco de Granada, decidieron a partir del año 2000 dosificar sus pagas en diferentes sitios: Caja España, la CAM y Caja Madrid. Con el petardazo del 2010, Antonio revisa todas sus cuentas y se da cuenta de que ha firmado acciones preferentes por valor de 50.000 euros, que supone más del 90% de la economía familiar, por lo que su dinero queda retenido y no puede hacer frente a los pagos del chalet que se compró en Benidorm, como ya amenazó en 1969, y sufre un embargo.

Mientras tanto, Antonio Alcántara hijo es un reputado periodista del grupo PRISA que en 2009 se ve afectado por un ERE y queda en la puta calle. En su estancia en Italia se casó con la argentina, pero cuando fueron al circuito de Monza a ver una carrera de Alain Prost, Cecilia conoció a Briattore y la cortejó prometiéndole un palacete en Kenya. Así que Toni, cornudo y apaleado, volvió a España para centrarse únicamente en su trabajo. Tras su despido, con 63 años recién cumplidos, decide retomar su carrera en la abogacía y se apunta al turno de oficio.

Tras ser hippie, casarse con un cura, engancharse a la cocaína y rehabilitarse, Inés comenzó la década de los 90 como prostituta. Los guionistas no la quieren y es lo único que faltaba para terminar de putearla. Se sube con primor al carro del bótox, por eso ahora su gesto facial da auténtica grima y además tiene sida. Vive en la Pensión Tomelloso y mendiga por el día para pagarse los whiskies a la noche. Siguiendo los pasos de su madre, Oriol se hizo travelo y hora se hace llamar 'Carmela'.

Una vez perdida a la mujer de su vida, que cayó en manos de su amigo Felipe, Carlitos decide dar un giro de 180 grados a su vida y se marcha a México a comenzar una nueva vida. Los inicios fueron duros, pero poco a poco consiguió sacar la cabeza trapicheando con narcos. A mediados de los 90 ya era un tipo reconocido en el mundo de la droga y la cantidad ingente de dólares que ganaba la invirtió en negocios inmobiliarios y tecnológicos. Así abandonó definitivamente los bajos fondos y se convirtió en un rico filántropo y transparente. Aunque su familia lo da por muerto, lo cierto es que aparece a menudo en las listas de Forbes bajo el pseudónimo que utilizaba cuando pasaba farlopa en las calles de Tijuana: Slim.

Miguel es viudo. Paquita murió por fin en el 2001 cuando se incendió la cocina mientras hacía croquetas, dejando así de dar por culo a todo el mundo. Las gemelas entraron en Gran Hermano y Françoise es una vieja gloria del destape asidua a Cine de Barrio. Toda esta situación le superó y se volvió más zumbado de lo que estaba. Ahora es pastor en Sagrillas y afirma tener una relación estable con una de sus ovejas.

Por último, Don Pablo acaba de salir de la cárcel pagando una fianza de 800.000 euros. En 2004 entró en la cúpula directiva del PP valenciano y fue el que organizó la trama Gurtel. Debe presentarse el día 1 de cada mes en la Audiencia Nacional y vive bajo arresto domiciliario en su casa de La Moraleja compartiendo vecindario con Mourinho.

Gibraltar español


Hay tensión en el peñón. Los ingleses nos arrebataron la tierra y ahora quieren hacer lo propio con el mar. Ya la cagamos en 1713 y no podemos permitirnos otro error. No ahora. Unidad nacional frente al malestar económico. Necesitamos un enemigo común y lo de Perejil se nos queda corto. Enviemos fragatas, buques y hasta la armada invencible si hace falta para defender lo que es nuestro. Y ahora que vengan esos que nos decían que pasábamos olímpicamente de las políticas agropesqueras. ¡Mirad cómo defendemos a estos gladiadores del agua!

Yo, que soy neoliberalista de tradición, sé más de lo que hay que hacer que todos vosotros. ¿Que qué hay que hacer? Hay que hacer lo que hay que hacer. Pero no hablemos de nosotros. Hablemos de ellos. Mirad esos gobiernos tiraflechas de allende los mares, populistas sin remedio y comunistas en ciernes. ¡Que nacionalizan nuestras empresas dicen! Malditos discípulos de Carlos Marx. Los rojos a Moscú. Nacionalizar empresas es una de las mayores atrocidades de un sistema económico. Nosotros siempre fuimos partidarios de la iniciativa privada y la sola idea de intervenir en las acciones de un conglomerado ajeno nos pone la mascarilla capilar de punta.

El otro día estuve de crucero. La idiosincrasia del mar tiene mucho que ver con la política, ¿saben? En caso de hundimiento, el capitán debe ser el último en abandonar el barco. Me acuerdo ahora mismo del capitán del Costa Concordia. Poco hombre. El tipo estaba en tierra mientras miles de pasajeros luchaban por su vida dentro del transmediterráneo. Eso dice mucho de una persona. Qué digo persona, ¡rata! Qué digo rata, ¡Rato!

Pero no nos desviemos, que es que a medida que baja el Cardhu se me va el santo al cielo. Lo que yo quería deciros hoy es que debemos defender la patria de la escoria británica. Gibraltar nos pertenece por hecho y por derecho. Y si no quieren hacerlo por España, háganlo por Dios. El Señor nunca permitiría una afrenta de semejante calibre, así como renegaría de la cultura de opulencia de un supuesto Jefe Supremo de la Iglesia como la que practica el Arzobispo de Canterbury.

Un saludo cordial y luchen por España.

Cuento de crisis

Hace mucho, mucho tiempo, en un reino junto al mar, vivía una princesita rodeada de los más absolutos placeres de la vida. Allí no existía el dolor, ni la mentira, ni ningún programa de entrevistas dirigido por Pablo Motos.  Cada mañana, la princesita se arreglaba con la ayuda de su risueña madre y salía a dar un paseo por el bosque, rodeada de pájaros cantando al ritmo de la melodía de las aguas del río y un montón de flores de todos los colores haciendo mosaico a su paso. Podría decirse que esta pequeña vivía en Neverland si el difunto Michael Jackson no hubiera dotado al término de connotaciones pedófilas.

Su padre, un musculoso y apuesto varón, con melena ensortijada color caoba, trabajaba todo el día procurando que no les faltara un plato de suculenta carne de elefante a las dos mujeres de su vida. ¿He dicho todo el día? En realidad trabajaba en horario de oficina de 8:00 a 15:00, habitualmente llegaba tarde a su puesto en el funcionariado y dos horas al día las pasaba en la máquina de café. Al terminar su jornada y antes de volver a palacio, se daba una vuelta por el bar para comentar el resultado del Rapid de Neverland en el campeonato nacional liguero.

Mientras tanto, en palacio, la princesita hacía sus tareas escolares al tiempo que su madre probaba las cremas que se había comprado esa misma mañana en el Corte Inglés y decidía si quedarse o no el abrigo de visón adquirido por 1.300 euros en Los Telares. Una rutina diaria difícil de mantener con la última congelación de sueldo sufrida por su marido ante la llegada del Capitán Garfio al gobierno, un democristiano de Sanxenxo que ya había perdido dos veces las elecciones contra Campanilla.

Este vilipendio económico cabreaba y mucho al padre de nuestra protagonista, quien no dudaba en montar la gresca cada vez que veía un trapito nuevo en posesión de su mujer.

-¡Ya puedo yo trabajar para que me jodas el sueldo con tus gilipolleces!

-Hueles a alcohol y a Ducados. ¿Tú puedes pasarte el día en el bar con los amigotes hablando de fútbol y de putas, y yo no puedo comprarme mis cositas?

-Pero yo trabajo, ¿sabes lo que es eso?

-¡Mira como tengo el palacio! Cualquier día cojo la puerta, me voy y aquí te come la mierda.

Era el pan de cada día. Ajena a todo esto, la princesita continuaba con sus ejercicios en el Cuadernillo Rubio, pues pese a pertenecer a la aristocracia, la caligrafía la llevaba un poquito atrasada.

Un buen día, cuando nadie se lo esperaba, el Capitán Garfio aficionado a los cigarros puros promulgó un decretazo por el que más de la mitad de los funcionarios del reino deberían abandonar su puesto de trabajo. Entre ellos, el padre de la princesita. La noticia cayó como una losa en la familia. Ya no por el trabajo, porque lo mismo le daba acudir a la oficina que quedarse en casa –rendía lo mismo–, sino por el dinero. Se acabó el bar, se acabaron los trapitos, se acabaron las vacaciones en Oropesa y aún no habían terminado de pagar el palacio y el carruaje.

Y eso no era lo más grave. Al no haber maravedíes, el feliz matrimonio se vio obligado a permanecer todo el día en casa sin hacer nada. Ella le echaba la culpa a él de su incompetencia laboral. Él le insistía a ella en que buscara un trabajo. De momento fueron tirando con lo percibido por el paro, además del PER que cobraban por unas tierras que tenían en la provincia de Córdoba. Sin embargo, el día que se acabaron los subsidios, la situación era ya insostenible.

Paradójicamente, ese mismo día apareció un príncipe viejo amigo de la familia de un reino muy, muy lejano. Llevaba turbante y había venido a Neverland para interesarse por la compra del Rapid. La madre vio en el jeque la solución a todos sus problemas y no dudó en utilizar sus armas de mujer para seducirle. Tras dos fellatios y un polvo mal echado –las faldas del príncipe dificultaban la penetración– el jeque decidió incorporarla a su harén.

En menos de dos días se hizo cargo de la deuda del palacio y del carruaje, en parte por su buena amistad con el tesorero del reino y de los reinos adyacentes: Emilio Botín. El juez le dio la custodia de la princesita a la madre y, de un día para otro, el padre de la criatura se vio en la puta calle, sin casa, sin trabajo y sin familia. Su vida de nuevo rico había terminado. Y toda la culpa era suya, por haber comprado el mejor carruaje de la factoría Mercedes, haberse hipotecado 40 años por un palacio de 60 metros cuadrados  y haber consentido todos los caprichos a su tierna princesita –que, entre nosotros, era más tonta que el copón bendito y una fulana en potencia– y todo ello con un sueldo de poco más de mil euros mensuales.

El bacillar

Mi familia tenía un bacillar. Teníamos también una huerta, unas tierras de regadío, una explotación ganadera y un pozo. Todos eran importantes en su medida, pero a mí siempre me llamó la atención el caso del bacillar. Cada 12 de octubre, día de regocijo para aquellos que portan fusiles sin tener si quiera la ESO, nos juntábamos los parientes para vendimiar. A mí me sentaba mal, porque mis compadres del colegio aprovechaban el puente para jugar mientras yo doblaba el lomo ante aquellas cepas. “Tenemos que arrimar todos el hombro”, decía mi abuelo. “Pero si yo no bebo”, le replicaba –ingenuos 13 años–. “Algún día te beneficiarás de esto, créeme”, sentenciaba.

Mi abuelo era el que mandaba. No en vano, llevaba más de medio siglo trabajando esa viña para garantizar una buena reserva de vino que corriera por el gaznate de los familiares durante el año próximo. Lo controlaba todo. Las fechas idóneas para la recogida, la manera de pisar, la prensa. Era una auténtica máquina. Eso sí, su manera de llevar el proceso a cabo era tan primitiva como las trompetas de picadura que se fumaba. Las cepas no tenían espalderas, los tallos se separaban a mano, la bodega se iluminaba con una suerte de cocktail molotov en un botellín de Mahou y en las barricas viejas y sucias aún se podían encontrar restos de algún gato muerto. Pese a todo, cada año se obtenía una gran cosecha de tinto. “El secreto está en la poda”, solía decir. Según sus explicaciones, la poda servía para extirpar lo improductivo que se instalaba en las parras y así mejorar su rendimiento. “No hay que podar lo que uno quiera, sino lo que la cepa requiera”.

Sin embargo, caprichos de la edad, mi abuelo tuvo un día que abandonar su puesto de capataz y el relevo lo tomaron sus hijos. En poco más de medio año el bacillar se sujetaba en un soporte metálico, existía una desbrozadora –de las de Pepe Domingo, sí–, un generador que iluminaba artificialmente la bodega y cinco grandes y hermosos toneles de PVC, muy fáciles de limpiar. Teníamos una viña digna de denominación de origen. Pero los problemas llegaron con la poda. Mi padre y mis tíos no se ponían de acuerdo para ver por dónde había que cortar. “Esto es problema de raíz, te lo digo yo”, comentaba uno. “No seas animal, la hostia, no podemos cargarnos todo”, combatía el otro. Y, al final, en mitad del más absoluto de los sinsentidos, podaron cada uno por su cuenta. Esto, lógicamente, provocó la destrucción de las cepas con carácter paulatino. El bacillar había muerto. Ahora el vino lo compramos directamente a una bodega comercial, aunque seguimos pagando el impuesto de contribución rústica.

España tenía un sistema sanitario.

Servicios mínimos

Dice el Diario Expansión que el Gobierno y los sindicatos han terminado de pactar unos servicios mínimos satisfactorios para ambos. De esta manera, se procurará que el próximo jueves 29 de marzo la Huelga General no altere demasiado la cotidianeidad de transportes y comunicación. Algo a todas luces insuficiente para el buen desarrollo del día en la vida de un hombre como dios manda.

Para empezar, en los encuentros entre ambos estamentos no se ha tratado el tema de los bares. El jueves hay fútbol, cojones. ¿Dónde vamos a ver al Glorioso? Los del Athletic lo tienen fácil porque son el niño bonito de esta temporada y lo televisan en Cuatro. Pero existen más equipos rojiblancos. La mayoría, por cierto, muy losers, algo que debe estar estigmatizado en los colores de la elástica.

Tampoco han reglado de ninguna manera el protocolo para locales de alterne. Sin currar y sin bares abiertos, ¿qué haces? ¿Llevar a los niños al parque con la mujer? Otro cero para los sindicatos. Por no hablar de las televisiones. ¿Programarán de manera habitual o tragaremos Cine de Barrio durante todo el día hasta que se nos caigan los huevos al suelo?

Otra de las lagunas del pacto tiene que ver con Palacio. Desde aquí exijo los servicios mínimos de Su Majestad el Rey por si surge otra insurrección militar y tiene que volver a trabajar. No sería de recibo, tras 31 años, que un tiroteo en el Congreso le cogiera a Don Juan Carlos de huelga. Aunque él también se juega mucho, que si le despiden serían sólo 20 días por año trabajado, ya que la empresa de la que cobra lleva cuatro años con pérdidas y ahora eso es legal.

Tema superhéroes. Otro mínimo, por favor. No puede ser que una preciosa niña caucásica esté a punto de descolgarse por la terraza de la Torre Espacio y que Spiderman y el Capitán Trueno estén de piquete informativo sellando la oficina de Marvel con silicona. Dí que en este caso podría llegar Superman, ya que esta singular construcción es todo un ejemplo de edificio sin barreras arquitectónicas.

Por último, pero no menos importante, los buscavidas. El Turu ya ha declarado que el jueves solo se tirará a dos coches en Cardenal Cisneros, porque si no los sindicalistas irán a por él. Por favor, dejemos en paz a esta gente. Los gorrillas tienen más derecho a vivir que a la huelga. Desde aquí, para todos los anarcofilofascistas, un poquito de mano izquierda, hacedme el favor.

Atención: la palabra "cinéfago" no está en el diccionario

Atendiendo al flujo natural de las cabezas pensantes de esta sociedad, ha surgido de un tiempo a esta parte una nueva vertiente de personas que se denominan a sí mismos cinéfagos potenciados por el inmenso altavoz que supone Twitter a la hora de publicitar los más bajos y altos instintos de un individual. Esta gente, de hábitos no poco predecibles, entre película y película tienen tiempo para compartir con el resto del mundo una foto en la que aparecen caminando por la calle con un café aguado de cinco euros el medio litro al más puro estilo Kim Kardashian. Aunque, personalmente, aún no he encontrado la similitud entre Callao y Beverly Hills.

Cierto es que cada uno es libre de gastar su dinero en lo que quiera, aunque sea en agua decolorada del Starbucks. Por ello no hablaré de esa tesitura en particular. Yo hoy quiero ir más allá. Quiero llegar al punto en el que una serie de intelectos deciden qué es cine y lo que no. Para ello ayer vi dos películas, porque igual el problema era mío. Primero puse “Dersu Uzala”, de Akira Kurosawa, un 8,4 en Filmaffinity (donde los críticos saben más de cine que Scorsese). Ciento cuarenta minutos de travellings y planos secuencia interminables; poco diálogo, mucha Siberia; un manual de Aldeas Verdes en toda regla.

A continuación me puse uno de los mayores atentados que ha sufrido la historia del cine. Un ataque gratuito a los hermanos Lumiere, a Orson Welles, a Charles Chaplin y a Billy Wilder. Y, encima, española. “No controles”, de Borja Cobeaga, un 5,6 en Filmaffinity. La verdad, no fue la mejor elección. Tras pasar dos horas y media perdido en la taiga rusa, las imágenes de Bilbao incomunicado por la nieve no era el mejor reclamo para empezar. Pero entonces apareció Julián López para solventar la situación. Y no es el mejor guión del mundo, ni los mejores actores del mundo, ni la mejor dirección del mundo. Pero es una película sincera. Sin moraleja y sin moralina. Con el metraje justo. Hecha para divertir, para pasar la tarde del sábado con los colegas y luego irte de birras recordando únicamente la batería de chistes de Juancarlitros.

Ahora mi pregunta es, ¿el cine debe ser arte? Y si la respuesta es afirmativa, ¿cómo clasificamos lo que es arte y lo que no? “Dersu Uzala” tiene una dirección milimetrada, sublime, perfecta. Ahora, al guión hay que darle una vuelta. La dirección de Cobeaga es una basura, pero el espectador se levanta de su butaca con una sonrisa en la boca. ¿No es eso tan importante o más que una buena técnica? Al parecer, no para los cinéfagos.

Para ser cinéfago el primer mandamiento es rechazar toda película española sin darle media oportunidad si quiera. No hablemos ya si se trata de una comedia. Además, en Hollywood solo pueden rodar tres directores y una docena de actores, en su defecto el resultado será nefasto. El movimiento Dogma está por encima de todo, aunque produzca consecuencias semejantes a meterse dos gramos de farlopa. Y Lars von Trier es dios, haga lo que haga. Lo mismo que Tarantino. Que a nadie se le ocurra decir que Kill Bill es una mierda, aunque realmente lo sea en comparación con Reservoir Dogs, Pulp Fiction y Jackie Brown.

Por supuesto, las comedias románticas no se pueden llamar cine y Julia Roberts es la musa del anti arte, pese a que sea probablemente la actriz que más registros ha batido en la historia del celuloide. Tom Hanks es un actor sobrevalorado y Philadelphia un coñazo. Sandra Bullock y Meg Ryan deberían estar enterradas vivas como Ryan Reynolds en Burried, “por fin un español que entiende de cine”. De Italia solo ven a Bertolucci y en Francia se quedan con Amélie por su estética y porque fue la película que inventó el séptimo arte en este país. Y, por supuesto, cualquier cinta que se encuentre fuera del circuito comercial y en países en vías de desarrollo merece ser colocada en el olimpo junto a Francis Ford Coppola, un director que nunca ha hecho nada malo.

Es una manera de ver las cosas. Personalmente, yo he disfrutado igualmente con Apocalypse Now y con Bienvenidos al norte. Atrapado en el tiempo me parece una puta obra maestra, mientras que Death Proof la considero la mayor mierda que ha cagado Tarantino. Me he descojonado con películas del inerte Ben Stiller, igual que con muchas de las comedias españolas de los últimos años, como Primos. Por el contrario, genialidades de David Fincher, ese dios, no he encontrado aún el lugar por dónde cogerlas. 

En mi opinión el error está en tratar de dogmatizar el cine. Como todo arte, así lo hemos acordado, esto del cine va de intenciones y de sensaciones. Si una película, por mal realizada que esté, ha logrado llevar un mensaje, o un cosquilleo, o una simple sonrisa a un espectador, eso quiere decir que el propósito está cumplido con creces. Y en eso, amigos cinéfagos, títulos como Pretty Woman tienen medalla de oro.

PD: Los griegos, en su infinito saber milenario, nos dejaron una serie de sufijos definidos para utilizar en nuestra lengua castellana. El sufijo –filia significa amor; el sufijo –fagia significa comer. Por lo tanto, salvo que vuestra afición sea preparar ocho milímetros a la pimienta, el adjetivo que estáis buscando es cinéfilo.

España fadista

“Amor y celos; ceniza y fuego; dolor y pecado. Todo esto existe, todo esto es triste, todo esto es fado”. Así define Amália Rodrigues, probablemente la mejor fadista que ha dado nunca Portugal, esta expresión cultural cargada de melancolía y nostalgia. Nostalgia por una persona, por un anhelo, por un tiempo pasado que fue mejor. El fado se asocia con la región norte del país vecino, aunque realmente todo el territorio luso es fadista. No en vano, así lo declaraba Carlos Cano cuando cantaba aquello de “desde Ayamonte hasta Vila Real” en la siempre recordada “María la Portuguesa”. Ahora bien, si el bueno de Carlos viviera aún y viera la situación económica y política actual, perfectamente podría haber salido de su boca que el fado se escucha “desde Ayamonte hasta el Cabo de Rosas, pasando por Finisterre y terminando en La Manga del Mar Menor”.

España es fadista. Mejor expresado: España se ha vuelto fadista. Atrás quedaron los tiempos de “La chica ye-ye”, de “La Macarena” o del “All my loving” de Los Manolos. Estos eran temas alegres, acordes con una época relajada, momentos altivos. Cuando las familias tenían trabajo, tenían dinero y tenían un plato de comida en la mesa. Pero la “fantástica fiesta” de Rafaela Carrá ya terminó. Y ahora hay que recoger el suelo, fregar los vasos y sacar la basura.

La palabra fado viene del latín fas, fatum, que significa destino. Y según Schopenhauer, el destino es el que baraja las cartas, pero nosotros las jugamos. Considerando nosotros como la población española, ha llegado el momento de sacar el tapete y comenzar la partida. España lleva muchos años jugando con las cartas del compañero. Un compañero experto en tirar faroles y que se está quedando sin fichas para seguir apostando. Es cierto que a algunas personas les gusta jugar sin reyes, a otros les compensa más ir a pitos y la gran mayoría prefiere hacerlo con sotas. Pero esta es la partida de todos. Hay que remar en la misma dirección para sacar la situación adelante. Y mientras esto no se haga, España seguirá siendo fadista.